PARIS.- Nicolas Sarkozy fue electo en 2007 con la propuesta de cambiar una Francia adormilada, pero durante su mandato, que espera renovar, se labró una imagen de presidente desordenado e impulsivo y llegó a convertirse en el mandatario más impopular de la V República. Ahora, disputará la segunda vuelta frente al socialista François Hollande, y aunque desde hace meses los sondeos lo dieron sistemáticamente derrotado en el balotaje, sigue creyendo en su victoria pese a que reconoce errores.

"Voy a ganar", repetía desde que asumió el rol de candidato. Su sueño de niño era ser presidente. El hijo de un inmigrante húngaro lo logró pese a que su familia no era parte de la burguesía francesa y él, llegado al Palacio del Elíseo con un diploma de abogado, no había estudiado en las prestigiosas escuelas francesas en las que se forman las élites del país. Ambicioso, trabajador, enérgico, con un insaciable apetito de acción, "sin dudar de nada y mucho menos de sí mismo", según el ex presidente Jacques Chirac, Sarkozy sorteó metódicamente todos los obstáculos con golpes de efecto, traiciones y travesías del desierto.

"Lo más importante es la manera con la que desacralizó la política y rebajó la función presidencial al servicio de su persona. Lo que los franceses le reprochan es su forma de ser y de hacer", estima el politólogo Stephane Rozes de Cap.

Sarkozy es un estilo. Sin complejos, como la derecha que desea encarnar, quiere trastocar los códigos, decir las cosas directamente, avanzar rápido. No importa que su estilo escandalice.